5. may., 2014

 (caníbal)

Identificamos los objetos por el color que rechazan. Algo rojo absorbe todos los colores del espectro, excepto el rojo. Las cosas asimilan ciertos tonos y repudian otros. Esa es la paradoja. Se podría decir que “está” rojo porque no “es” rojo. El objeto blanco es el más desprendido, refleja todo el espectro, nos “regala” toda la gama, un haz con todos los colores. El negro es el más poderoso, se queda para sí toda la energía.

La luz exterior es oscuridad interior. Las tinieblas son la luz retenida y hecha propia.

<<soy oscuridad, soy caníbal, soy bello porque soy oculto -pero ¡ay! si me descubres-.

Entra conmigo en mi oscuridad pletórica, donde nada se enturbia a tus sentidos, donde no hay luz cegadora, donde la lija y la pluma acarician por igual tu cuerpo y tus sentidos. Siente, siente mi corazón de tinta china.

Riqueza sin fin, creadora, excitante, turbadora. ¡Narcotizante! >>                                                                                                                           Yo

El mundo surge de la palabra. El inicio fue un vacío, que imaginamos como la oscuridad y el silencio más profundos. Y en esta Nada es donde está contenido todo. Las tinieblas dejan escapar su contenido, aparece el mundo. Las cosas. La luz.

De  las Tinieblas, del Caos, emana todo. La palabra, el signo, definen el objeto. Organiza un punto de ese caos y se genera una imagen. La mente buscará organizar lo incoherente y surgirá “algo” congruente desde el interior.

La tensión de las formas, la necesidad de unión de sus componentes, la premonición de su disipación futura. Leyes del Universo que obligan al caos. Precaria permanencia en el tiempo.

Las imágenes emergen de nuestro interior desde la oscuridad más absoluta: el negro. Desde las tinieblas de la nada surge el caos preñado de todos los posibles. Si imaginamos algo desde nuestro ser más profundo siempre lo visualizamos, en su esencia, envuelto en oscuridad:

Estamos organizando el caos, sacando a la superficie algo desde dentro de nuestra mente, de nuestro ser.

<< envuelto en oscuridad, conociendo a la perfección cada átomo de mi cuerpo, hecho con esta tierra y con este aire –amor-, me balanceo enredado en las barbas de Whitman, nadando en las aguas transparentes de sus playas desiertas, “no fue feliz la noche de aquel día”, la noche, la noche, la noche de la navajita plateá. Tirabuzones de ideas en esta cuneta que mira el mar>>.                                                                                                                                                                                                                     Yo

Las obras que me dejan una huella más profunda están, de una u otra manera, sumergidas en la oscuridad: Altamira, Athenea en el Partenón, el Cristo de Velázquez, las pinturas negras de Goya y, más recientemente, las obras de Francis Bacon. Rothko en la capilla de Houston está inmerso en la penumbra que poseen las Cuevas de Altamira. Las imágenes de Mapplethorpe irrumpen en el espacio como Athenea en el Partenón.

Las pinturas que destellan blanco me son ajenas; pertenecen al mundo exterior, no propician la ensoñación, la experiencia metafísica (lo místico). Recuerdo un viaje por las inmediaciones del Sahara, a mediodía y a pleno sol. Junto a unas tiendas de pesados lienzos negros hicimos fotos desde la carretera, pero no pude ver cumplido mi deseo de fotografiar la penumbra que debía reinar en su interior. Estoy seguro que era allí donde hubiera encontrado y sentido lo humano. Las mujeres en la playa de Sorolla, bajo los toldos blancos y la luz cegadora (brillos, destellos), no me interesan. Son el lado oscuro, pues no tienen nada dentro. Prefiero la plenitud de la oscuridad “llena” del Cristo de Velázquez.

Por todo esto, creo que la mente  sólo puede sacar la luz de la oscuridad: desde la intimidad.

<< camino por la cuneta con el vértigo a la espalda, el mar susurra allí afuera y el sol frío de plata no calienta la tierra ardiente. Parado en un punto exacto, calculado y medido con la razón del número de oro, percibo el lugar de la historia pasada y por venir, un punto quieto que no quiero abandonar, su calidez telúrica me anima a quedar petrificado sobreviviendo instantes.>>                                                                                                                                                                                                                                 Yo

Miguel García Cano y Robert J. Royo Beltrán         

4.5.2014